domingo, 13 de agosto de 2017

LAS AVENTURAS DE TOM SAWYER, de Mark Twain

 
     Llegó el sábado por la mañana y todo el mundo relucía y vibraba con el verano, rebosante de vida. De cada corazón brotaba una canción, y si los corazones eran jóvenes, la canción se entonaba con las bocas. Todas las caras estaban animadas y todos los pasos eran decididos. Las acacias blancas estaban en flor, y su fragancia llenaba el aire.
     El monte Cardiff, más allá de la aldea, reverdecía por encima de ella y se hallaba lo bastante lejos para parecer una Tierra Prometida, de ensueño, de reposo, acogedora.
      Tom apareció en la acera con un cubo de lechada para blanquear y una brocha de mango largo. Estudió la cerca y perdió todo rastro de alegría, mientras una honda melancolía le invadía el espíritu. Treinta metros de valla, de tableros de casi tres metros de alto. La vida le pareció vacía, y la existencia, una carga. Con un suspiro humedeció la brocha y la pasó por la tabla más alta; repitió la operación; volvió a repetirla; comparó la diminuta franja blanqueada con el inmenso continente de cerca sin blanquear y se sentó desalentado en una pequeña valla que protegía un árbol. Por la puerta salió corriendo Jim con un cubo en la mano y cantando "las chicas de Buffalo". Hasta entonces, Tom siempre había pensado que acarrear agua desde la fuente pública era un trabajo horrible, pero ahora no se lo parecía. Recordó que en la fuente encontraba compañía. Siempre había chicas y chicos blancos, mulatos y negros haciendo turno, descansando, cambiando juguetes, discutiendo, peleándose, divirtiéndose. y recordó que aunque la fuente estaba a sólo ciento cincuenta metros, Jim nunca tardaba menos de una hora en volver con un cubo de agua, y que incluso casi siempre había que enviar a alguien a buscarlo. Tom dijo:
     -Oye, Jim, si encalas un poco te voy a buscar el agua.
Jim negó con la cabeza y respondió:
     -No, amito Tom. El ama grande me ha dicho que vaiga a buscar agua y que no pierda el tiempo con naide. Dice que seguro que el amito Tom me dice que me ponga a encalar y me dice que yo haga lo que me manda ella. Me dice que ya ella se encarga de to lo del encalar.
      -Qué más da lo que diga, Jim. Siempre habla igual. Dame el cubo...no tardo ni un minuto. Ella ni se va a enterar.
      -No me atrevo amito Tom. Si se entera el ama grande me arranca la cabeza. Toy seguro.
      -Esa! Ésa nunca le hace nada a nadie: un coscorrón con el dedal, y ya me dirás qué daño hace eso. Habla mucho, pero perro ladrador...Menos cuando se pone a gritar. Jim, te doy una canica. Una canica gorda de alabastro!
      Jim empezó a titubear.
     -De alabastro, Jim! y de las gordas.
     -Huy! Ende luego que es una canica de miedo! Pero, amito Tom, me da mucho miedo que si el ama grande...
     -Y encima te enseño la herida del dedo gordo del pie.
      Jim era humano...aquello era demasiado para él. Dejó el cubo en el suelo, cogió la canica de alabastro y se inclinó a contemplar el dedo gordo absorto, mientras Tom iba quitándose la venda. Al cabo de un momento Jim iba corriendo por la calle con el cubo en la mano y el trasero ardiéndole, Tom encalaba con gran vigor y la tía Polly se retiraba del terreno con una zapatilla en la mano y el brillo del triunfo en la mirada.
       Pero a Tom no le duró la energía. Empezó a pensar en todas las diversiones que había planeado para aquel día y su pesar se multiplicó. Pronto llegarían los chicos que estaban libres corriendo hacia todo género de expediciones maravillosas, y se iban a reír de él como locos por estar trabajando; sólo de pensarlo le temblaba todo el cuerpo. Sacó todas sus riquezas y las examinó; trozos de juguetes, canicas y un revoltijo de cosas; suficiente para negociar un intercambio de trabajo, quizá, pero ni la mitad de lo necesario para comprar ni media hora de libertad total. Así que volvió a meterse en los bolsillos sus magros recursos y renunció a la idea de sobornar a los muchachos. En aquel momento sombrío y desesperado le llegó la inspiración! Nada menos que una inspiración grandiosa y magnífica!
       Agarró la brocha y se puso al trabajo tranquilamente. Al cabo de un rato apareció Ben Rogers: precisamente, de todos los muchachos era el que más temía que se burlara de él. Ben avanzaba dando triples saltos, lo cual demostraba que estaba muy animado y que tenía grandes planes. estaba comiéndose una manzana, y de vez en cuando profería un grito largo y melodioso, seguido de un profundo "ding-dong-dong, ding-dong-dong", pues estaba imitando un vapor fluvial. Al irse acercando, redujo velocidad, viró al medio de la calle, se inclinó mucho hacia estribor y orzó lentamente con gran pompa y circunstancia, pues estaba representando al Gran Missouri y había de considerar que tenía un calado de nueve pies. Era, al mismo tiempo, barco, capitán y campaña de señales, de forma que había de imaginarse en la toldilla superior dando las órdenes y ejecutándolas:
       -Alto, piloto! Ding-ding! -Se quedó casi parado y fue acercándose lentamente a la acera.
        Tom siguió encalando, sin prestar atención al vapor.Ben miró un momento y dijo:
       -Je, je, je! Te han fastidiado, eh?
        Silencio. Tom observó su último retoque con mirada de artista; después aplicó otro brochazo lánguido y contempló el resultado, igual que antes. Ben atracó a su lado. A Tom se le hizo la boca agua al ver la manzana, pero siguió con su trabajo. Ben añadió:
       -Diablo, chico! Tienes que trabajar, eh?
        Tom se dio la vuelta de golpe y respondió:
       -Hombre, eres tú, Ben! No te había visto.
       -Oye...yo me voy a nadar. Eso es. No te gustaría? Pero, claro, prefieres trabajar, eh? Claro!
        Tom se quedó mirando al chico un momento y le preguntó:
       -A qué llamas trabajar?
       -Bueno, eso no es trabajo?
        Tom siguió encalando y contestó muy tranquilo:
       -Bueno, a lo mejor sí y a lo mejor no. Lo único que sé es que a Tom Sawyer le va muy bien.
       -Eh, vamos, no me vas a decir que te gusta.
        La brocha seguía moviéndose.
       -Si me gusta? No sé porqué no me va a gustar. Es que no puede uno encalar una valla cuando le apetezca?
        Aquello colocaba las cosas en una perspectiva diferente. Ben dejó de mordisquear su manzana. Tom pasó cuidadosamente la brocha adelante y atrás; retrocedió un paso para ver el efecto; añadió un toque acá y allá; volvió a contemplarlo con ojo crítico. Ben observaba cada gesto e iba sintiéndose cada vez más interesado, cada vez más absorto. Al cabo de un momento dijo:
       -Eh, Tom, déjame encalar un poco.
        Tom se lo pensó; estuvo a punto de consentir, pero cambió de opinión:
       -No...no...no estaría bien, Ben. Mira, la tía Polly es muy especial con las vallas (ya entiendes, ésta es la que da a la calle), pero si fuera la de atrás a mi no me importaría, ni a ella. Sí, es muy especial con esta valla, hay que hacerla con mucho cuidado! No creo que haya un chico entre mil, ¡qué!, entre diez mil que sepa hacerlo bien.
       -No, eh? Vamos! Déjame probar. Sólo un poco. Si fuera yo, te dejaría, Tom.
        Ben, me gustaría, de verdad, pero la tía Polly...Mira, Jim quería encalar, pero no le dejó. Sid también, y tampoco le dejó. Comprendes mi problema? Si te pusieras a encalar y pasara algo...
       -Bueno, vamos, yo lo puedo hacer igual de bien. Vamos, déjame. Mira...te doy el corazón de esta manzana.
       -Bueno, mira...No, Ben, de verdad. Me da miedo que...
       -Te la doy entera!
         Tom le entregó la brocha con gesto de mala gana, pero contentísimo por dentro. Y mientras el antiguo vapor Gran Missouri trabajaba y sudaba al sol, el artista retirado se sentó en un tonel a la sombra de al lado, balanceó las piernas, se fue comiendo la manzana y proyectó la matanza de más inocentes. No faltaba material: a cada rato aparecían más chicos que llegaban a burlarse, pero se quedaban a encalar. Cuando Ben no dio más de sí, Tom le había cambiado su puesto a Billy Fisher por una cometa en buen estado, y cuando Billy no pudo más, lo sucedió Johnny Miller a cambio de una rata muerta y un cordel para tirar de ella...y así sucesivamente, hora tras hora. Y a primeras horas de la tarde, Tom había pasado de estar sumido en la pobreza por la mañana, a nadar literalmente en la riqueza. Además de las cosas ya mencionadas, poseía doce canicas, un pedazo de vibráfono casero, un trozo de cristal azul de botella para usar como lente, un carrete, una llave con la que no se abría nada, un pedazo de tiza, el tapón de vidrio de un decantador, un soldado de plomo, dos renacuajos, seis cohetes, un gatito tuerto, un picaporte de latón, cuatro cáscaras de naranja y un marco de ventana viejo.
          Entre tanto se lo había pasado muy bien y muy descansado con tanta compañía, Y la cerca tenía tres capas de lechada! De no habérsele acabado, habría arruinado a todos los chicos del pueblo.
          Tom se dijo que, después de todo, el mundo no estaba tan mal. Había descubierto, sin saberlo, una ley importantísima de la actividad humana: que para que un muchacho o un hombre deseen hacer algo, lo único que hace falta es que parezca difícil de lograr. Si hubiera sido un filósofo grande y sabio, como el autor de este libro, habría comprendido ya que el Trabajo es lo que uno está obligado a hacer, y el Juego es lo que no está obligado a hacer. Y ello le ayudaría a comprender por qué el el hacer flores artificiales o tirar de una carreta es trabajo, mientras que el derribar bolos o escalar el Mont-Blanc no es más que diversión. En Inglaterra hay señores muy ricos que conducen diligencias de cuatro caballos a distancias de veinte o treinta millas en una línea regular, durante el verano, porque el hacerlo les cuesta mucho dinero; pero si les ofrecieran un salario por prestar ese servicio, eso lo convertiría en un trabajo, y entonces renunciarían.
          El muchacho se quedó pensando un rato en el considerable cambio ocurrido en sus circunstancias mundanas, y después fue a casa a rendir informe.
 

jueves, 3 de agosto de 2017

Sobre esa cualidad tan frecuente y repugnante que es la afectación

Quien se detenga a contemplar a la muchedumbre que atesta las calles de una populosa ciudad verá a muchos transeúntes cuyos aires, gestos y movimientos le será difícil observar sin desdén y sin risa; ahora bien, si examina cuáles son las apariencias que tan poderosamente le resultan irrisorias, entre ellas no hallará la pobreza ni la enfermedad, ni tampoco defectos involuntarios o dolorosos. La propensión a la mofa y el insulto las despierta la superficialidad del lechuguino, la hinchazón del indolente, la vivacidad de quien peca de ligereza o la solemnidad de la falsa grandeza; el paso vivaz, el pavoneo suntuoso, la actitud arrogante, el semblante altanero, los gestos hechos para llamar la atención, las miradas elaboradamente amañadas para darse aires de importancia.

Samuel Johnson (1750),
citado en "Vida de Samuel Johnson", de James Boswell